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Votando por todos en la tormenta perfecta

       Dentro de pocos días, los electores estadounidenses van a hacer algo más que elegir un líder que va a afectar sus vidas. También deciden, en grado relevante, quién va a impactar objetivamente, con su liderazgo, positivo o negativo, las economías, calidad de vida y riesgos de seguridad de buena parte de Occidente, incluidos los lectores de estas páginas. Hasta qué punto los votantes norteamericanos son conscientes de esta responsabilidad bien vale una reflexión. Especialmente en tiempos de tormenta perfecta.

       Confluyen en estos momentos, y se refuerzan mutuamente, los coletazos finales de tres ciclos que han dominado las últimas décadas. El primer ciclo que finaliza es obviamente el económico. El período más largo de bonanza económica conocido, iniciado con las políticas de Reagan y Thatcher al final de los años 70, sostenido metodológicamente por una sofisticación financiera de difícil supervisión, y alimentado en los últimos tiempos por el crecimiento de los países emergentes y el boom inmobiliario, está finalizando de manera abrupta.

       El segundo ciclo es ideológico y ha servido de legitimación al económico. Ha estado fundamentado en una visión liberal de la sociedad en la que el Estado ha experimentado un reflujo en tamaño e influencia, después de que hubiese alcanzado su máxima expresión en el ciclo ideológico anterior, el de la socialdemocracia en Europa, iniciado tras el final de la segunda guerra mundial.

       Mientras los dos ciclos anteriores son incontestables, el final de un tercer ciclo es más discutible: el del final del imperio americano. Estados Unidos ya no es ni será económicamente tan dominante, principalmente por la ascendencia de países como China, India y Brasil. La misma pérdida de hegemonía puede predicarse de Occidente en su conjunto. Pero esto no significa necesariamente una “caída” al estilo, tan cinematográfico, de la del Imperio Romano. Más bien vamos a una multipolaridad económica.  Es decir, Estados Unidos dejará ser el Imperio único que fue desde la caída del Muro de Berlín pero probablemente seguirá siendo imperio, aunque sea con minúsculas. Una razón es su supremacía ideológica: los estilos de vida de Occidente, y aquellos a los que aspiran las masas de los países emergentes, siguen siendo pro occidentales y muy pro (norte) americanos. Otra razón es militar. Estados Unidos gasta más en su Ejército que todo el resto de países occidentales juntos. Y, por ejemplo, la diferencia entre su presupuesto militar y la de un país como Irán es prácticamente de 100 a 1. Aunque estas proporciones disminuyan por la crisis económica, seguirán siendo abismales en el futuro. Por tanto, en términos geoestratégicos nada se podrá hacer con la oposición activa de los Estados Unidos.

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OBAMA, INTERNET Y LOS JÓVENES

       Uno de los axiomas del marketing electoral es que, en el fondo, el elector siempre se vota a si mismo, no a un candidato, no a un partido, no a una ideología. Elige a aquella persona con la que se puede identificar mejor, a quien le puede proporciona una vivencia subjetiva más intensa, al candidato más espectacular, a aquel que le permite participar más en la campaña, aunque sea en fantasía.

       ¿Quién ha votado por Obama? Los estudios más inmediatos señalan que le ha votado el Norte (el Sur que perdió la Guerra de Secesión ha preferido a McCain); los jóvenes de manera abrumadora; los profesionales (los obreros blancos, en su día partidarios de Hillary Clinton se dividieron entre los dos candidatos); las mujeres (los hombres, sobretodo los de más edad, prefirieron a McCain); y las minorías, que hicieron por primera vez el esfuerzo de registrarse para votar (algo no sencillo en Estados Unidos).  Es fácil comprender que Obama haya sido adoptado como representación de jóvenes y profesionales. Si el electorado femenino también lo ha adoptado, a pesar de haber sido quien derrotó a Hillary, es porque sus maneras suaves, acogedoras, contrastan positivamente con el estilo patriarcal y malhumoradas de McCain.

       En Obama y su iconografía, por tanto, se han proyectado esperanzas y fantasías de muchos grupos distintos (incluso de fuera de los USA!). Y el dueño de esta identificación no es Obama ni su campaña, sino los electores-soñadores, que antes o después tendrán que enfrentar las distancias entre esperanza y realidad.

       Pero de todas las demografías que han estado detrás del éxito de la que muchos empiezan a calificar como la campaña electoral mejor liderada de la historia, uno ha sido especialmente significativa: los jóvenes. Y no sólo porque los nuevos votantes han apoyado mayoritariamente a Obama. Los jóvenes, además de votantes, se han comportado como activistas.

       El activismo político siempre ha sido una ocupación de pocos: exige inmensa energía, dedicación, compromiso y tolerancia a la frustración (al fin y al cabo, en democracia, se sabe que, antes o después, se va a perder). Sin embargo, en esta campaña ha madurado una tecnología o plataforma de interacción social que ha rebajado inmensamente los costes del activismo: la web. Y ello ha coincidido con el ejercicio del voto de la primera generación, en la historia de la humanidad, que desde su adolescencia temprana ha aprendido, estudiado y desarrollado relaciones sociales a través de internet. Y lo que ha hecho la campaña de Obama es facilitar tecnológicamente su participación. Los jóvenes han compartido canciones que ponían música a la fantasía Obama, se han pasado y refinado consignas en la web, colgados videos que competían en ingenio político, movilizado por el voto, repartido trabajo electoral (por ejemplo, llamadas telefónicas a electores indecisos), facilitar el registro de abstencionistas típicos, y un largo etcétera de actividades que han podido realizar desde la comodidad de su habitación.  Lo más interesante es que las facilidades informáticas que la campaña de McCain puso al servicio de sus seguidores eran, al menos, tan sofisticadas como las de Obama, pero fueron una tecnología sin demografía, unos instrumentos sin usuarios diestros, unos medios sin voluntad política.

       ¿Cómo están reaccionando los electores norteamericanos a esta tormenta perfecta? ¿Qué es lo que más les interesa? ¿Cómo están tomando la decisión de voto?  Estoy escribiendo estas líneas desde Chicago, examinando encuestas que reflejan que tres cuartos de la población confiesa estar estresada, preocupada, y enfadada por la situación económica. Esta va a ser la preocupación fundamental de voto. No el ciclo imperial, una dimensión demasiado abstracta que de verdad sólo interesa a historiadores. Tampoco el ciclo ideológico, porque éste es un país donde la polaridad izquierda-derecha tiene mucho menos recorrido que en Europa, y donde las guerras culturales, que sirvieron tanto a Bush para movilizar a su electorado, se están diluyendo ante la importancia de la crisis económica.

       Como se dice, el negocio de los Estados Unidos son los negocios. La población general no ha tenido nunca una conciencia imperial o geoestratégica como la del Reino Unido en sus días. Es bien conocido el aislacionismo americano y si, por ejemplo, la población apoyó en su día la invasión de Irak lo hizo como un reflejo defensivo no como parte de un programa de influencia exterior. La elección se decidirá por cuestiones económicas, en cuanto que subjetivamente experimentadas por los votantes, pero no por sus dimensiones internacionales. Y si Obama está en cabeza, al momento de escribir estas líneas, es porque entendió la urgencia de este contexto económico, mientras McCain perdió un tiempo precioso en contentar a la facción más derechista del Partido Republicano con la elección de su candidata a la vicepresidencia, y en ataques personales a Obama que los electores encontraron irrelevantes y mezquinos en las actuales circunstancias. Obama ha venido actuando en su campaña como si todavía aplicase el lema de Bill Clinton en su primera campaña presidencial contra Bush padre: es la economía estúpido! Y si McCain puede todavía dar un vuelco es porque en los últimos días está centrando su campaña en temas económicos tangibles, como la fiscalidad de la pequeña y mediana empresa, y su impacto en la creación de empleos. 

       Otra razón para el particularismo de las elecciones a la presidencia es que, de verdad, éstas no son elecciones directas y generales sino indirectas y locales. Lo que los electores eligen son representantes de un Colegio Electoral, quienes a su vez eligen al Presidente. Y la circunscripción de esta elección indirecta son los Estados, y cuando los candidatos hacen campaña en los mismos su argumentario se adapta a las necesidades específicas de sus habitantes. El presidente del Congreso durante los años de Reagan era un Demócrata de Massachussets, Tip O’Neil, quien tituló sus memorias con una pieza de sabiduría: All politicis is local—la política es siempre local.

       Quizás el factor político más relevante del mundo contemporáneo es el desfase entre la globalidad de los problemas y la consiguiente necesaria globalidad de las soluciones, con el persistente carácter local de la política. Y las elecciones americanas son probablemente las más locales de Occidente en la intención subjetiva de sus votantes.